Diario de un adicto al azúcar.
En mi niñez crecí con una fijación a los dulces y que estos tenían que ser ganados como una recompensa por comer bien. Recuerdo la voz de mi madre que me decía “si no te acabas tus verduras, no te toca postre”. El postre podía ser un chocolate Carlos V (de los de antes que eran de la Azteca, no de Nestlé que saben a puro jarabe de chocolate), galletas de barquillo, helado o dulces de Sanborn’s (chocolate manicero y demás que todavía existen). El refresco solo era de fin de semana, aunque mi papá siempre ha sido adicto a la Coca Cola pero no la tomaba tan seguido como ahora, que toma una coca chica diariamente.
Los dulces formaron parte de mi dieta como premios o castigos, así que siempre hacía lo posible para tener esos dulces tan deliciosos. Yo soy de la época en que con 20 centavos, podía comprarme un caramelo de lápiz y una motita o un chicle “Flecha”. O tal vez 2 miguelitos: uno de polvo y otro de agua para combinarlos. Si no había dulces de por medio, siempre estaba la bolsa o los cajones de mi mamá para encontrar chicles, galletas o pasitas de chocolate. Era como haber encontrado un tesoro. Recuerdo una vez que tenía un antojo exuberante de chocolate, y ante la frustración de no encontrar ninguno en toda la casa, comí de un laxante que era igualito que el chocolate. Solo recuerdo haberme comido un cuadrito porque sabía horrible, sin embargo, no recuerdo que me hubiera hecho ningún efecto. En otra ocasión, era la hora de la salida de mi escuela, ya estaban todos los niños afuera en el patio y yo estaba esperando a que llegaran por mi. Tenía un hambre descomunal y ya no aguantaba las ganas de llevarme algo a la boca (ahora que lo pienso, quizá tenía una baja de azúcar de las que me dan actualmente), y me robé un chocolate que descansaba solitario en una banca. Me senté a un lado, como coqueteándole, y fijándome que nadie me mirara, me lo agencié en la bolsa del pantalón solo para ser devorado después. Cuando volteo a la banca en donde estaba el chocolate, vi al niño dueño del chocolate desesperado, preguntando por él y buscándolo por el piso y por los rincones de su lonchera. Yo me sentí muy culpable por habérmelo robado y juré no volverlo a hacer jamás, aunque no dije nada a nadie.
Ahora en mi edad adulta, puedo darme la indulgencia de disfrutar de los dulces en el momento que a mi me plazca porque, claro, al tratarse de un premio, el comprar dulces equivale a sentirme bien por ser un niño bien portado. Es como una autorecompensa. Los dulces simbolizan la aprobación de mi madre por hacer las cosas bien, por obtener un poco de su cariño en forma de dulces. Era su forma de compensar su incapacidad de amar con el remplazo del azúcar de una golosina. Ahora cuando compro un dulce, no puedo evitar sentirme bien, porque inconscientemente estoy obteniendo el amor y la aprobación de mi madre. Es por eso que ahora soy adicto al dulcecito de la tarde, o al azúcar en el café todas las mañanas, o al jugo embotellado o la coca cola en lata. Sencillamente porque no puedo llenar este hueco de falta de amor que tengo desde niño si no es con algún dulce que lo sustituya y que, al final de cuentas, en un condicionamiento largamente arraigado en mi psique durante toda mi vida.
Las adicciones van ahora en que, diariamente, tomo una o dos tazas de café con dos cucharadas de azúcar. A media mañana no puedo evitar salir a la “tiendita”, ahora Oxxo o 7eleven, por una bolsa de papas y una bolsa de twinkis, o submarinos, o rollos, o pingüinos o algún otro pastelito marinela. La combinación dulce-salado está en casi todos los dulces que compro. Cuando llega la hora de la comida sigo con mi costumbre de no pedir bebidas gaseosas, siguiendo la costumbre y condicionamiento de mis hábitos alimenticios desde niño. Pero últimamente, la coca cola se ha vuelto parte de mi diario vivir, sobretodo a media mañana. En los últimos 5 meses, he notado que diario tengo que tomar, desde un vasito de coca, hasta una lata o una coca de las de 350ml. En el último mes, me dije a manera de programación en mi cerebro “ya no tomo coca”, y me consideré a mi mismo como alguien que no toma coca. Ha dado resultado, con una que otra caída, pero no se trata de abstención total, sino de romper el hábito. No he vuelto a tomar el hábito de la coca diario, sin embargo, la ingesta de dulces y azúcares parece no detenerse.
El azúcar no es sinónimo de amor. Esto lo sabemos todos a nivel consciente, pero es parte del inconsciente social y cultural muy arraigado en México y el mundo. El inconsciente hace una asociación entre el amor y el dulce, de ahí el incremento en consumo de coca-cola en proporción directa al número de diabéticos que hay en el país, el cual llega a más de 10% de la población total, y considerando que un 50% más de este 10%, no ha sido diagnosticado, entonces en nuestro país hay 5 millones de diabéticos potenciales que no saben que lo son.
Dándome cuenta de lo que el azúcar representa para mi, y no solo a nivel nutricional (el azúcar refinada y demás variantes que se encuentran en la mayoría de los alimentos empaquetados y refrescos, tiene un valor nulo para el cuerpo. En pocas palabras, veneno), sino a nivel psicológico, emocional y sentimental, me he puesto a la tarea de observar mis hábitos alimenticios y mis cambios internos al prescindir del azúcar en mi dieta normal. Voy a dejar: Chocolates, galletas, pastelitos y pasteles, refrescos y gaseosas, jugos no naturales, bebidas refrescantes con azúcar o sustitutos, bebidas energéticas, miel y cajeta del súper (si no es de celaya o de abeja natural, nanay!). Básicamente todo aquello que compramos en el súper que contiene altos niveles de azúcar (léase también fructosa, jarabe de maíz de alta fructosa, maltosa, lactosa, dextrosa y manitol). ¡Vaya! Hasta el chile piquín del súper tiene azúcar en forma de jarabe de maíz.
Día 1o.
Solo una taza de café con una cucharada de azúcar, porque creo que además de la adicción a el azúcar también hay adicción a la cafeína, pero esto ya será tema de otra introspección.
A mitad del día tenía el impulso de salir corriendo por mis papotas y mis submarinos con relleno cremosito, pero me abstuve. Me siento un poco desganado y con sueño, pero descubro que me puedo concentrar un poco mejor que cuando tengo mi dosis mañanera de pastelitos gordolobos.
Por la tarde, tengo intención de otro café, pero afortunadamente, la cafetera está apagada, lo que significa que el café que tiene dentro (si es que tiene) está frío, y tomar café frío sabe a gómito (diminutivo del gomo, sustancia verdosa con sabor a nutrasweet podrido, si es que se puede pudrir algo como eso).
Continuará…

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