Estudié la carrera de ingeniería en sistemas, y durante toda mi vida he sacado buenas calificaciones en la escuela. ¿Qué puedo hacer? Así fui entrenado. Desde que tengo memoria mi madre me hizo saber de manera muy rotunda la importancia de salir bien en la escuela, y sin afán de juzgar esto como bueno o malo, correcto o incorrecto, la idea de cumplir con mis obligaciones de manera confiable y tener éxito en la escuela o en el trabajo, me llevó a ser considerado como un “buen” alumno o un “buen” empleado.
Permanecí en la misma empresa durante 11 años, y en todo este tiempo busqué razones para permanecer en el trabajo y encontrar el sentido de mi vida, un sentido dado por la identidad de ser un ingeniero de soporte técnico de una empresa mediana, mexicana y exitosa; un sentido dado por la solvencia económica, por el compañerismo y la seguridad de saber que era “alguien” en la vida.
Entré a trabajar en esta empresa a los 19 años, cuando apenas estudiaba el 4º semestre de la carrera de sistemas, la cual tiene una duración de 10 semestres. A estas alturas casi nadie trabajaba. Esto comenzó a cambiar al 6º semestre, cuando el horario permitía un trabajo de 8 horas diarias. Durante el tiempo en la universidad, los estudios eran prioridad sobre el trabajo. Fue hasta que terminé la carrera que el trabajo se volvió lo más importante, el único medio de supervivencia, el sostén que da la seguridad porque ahora yo “estaba por mi cuenta” sin tener más el soporte de mis papás.
Después de dos años de terminar la carrera, decidí mudarme a Monterrey. Creo que esta decisión la marcó la idea principalmente de vivir fuera de la lacrimógena ciudad de México, seguida por el deseo de conseguir pareja, y sobre todo, de divertirme y pasarla bien. Fue una inyección de entusiasmo encontrarme lejos de mis raíces y lejos de todo lo que me definía a mí mismo. Casi era como estar huyendo de un pasado de tonos grises, de una vida de bajo perfil y ausente de emociones extraordinarias.
La felicidad duró por espacios breves. Como todo el mundo tenía momentos felices, tristes, alegres, de estrés, de incomodidad, y también vino el profundo conflicto inconsciente de encontrarle sentido a la vida. Hubo parejas, amigos, éxitos y fracasos en todos lados. Tenía una vida “normal” y segura. Si me hubieras preguntado si era feliz, te hubiera contestado “claro que sí. Tengo un trabajo retador, coche, un departamento y amigos con quienes pasar el rato, y alguna pareja de vez en cuando, a veces duran, a veces no”. Pero en el fondo, muy en el fondo persistía la misma pregunta: “¿Quién soy y qué hago aquí?” Esta pregunta permanecía inconsciente, pero molestaba como el zumbido de un mosquito en las noches de silencio. En ese espacio donde no hay ningún ruido, no hay estímulos visuales, no hay nada ni nadie que nos distraiga, es ahí donde el sentimiento se hace mayor y quiere salir a la superficie, la congoja se convierte en insomnio, la misión ahora es salir de ese espacio. El ruido que hacía desaparecer este malestar era el dinero, el sexo, los hobbies, la diversión, el alcohol y el trabajo. Pero era en las últimas noches que pasé en Monterrey que más me molestaba el sentimiento profundo de estar haciendo algo que no fue lo que vine a hacer a este mundo, y el conflicto terrible de pensar que no estaba haciendo lo suficiente con mi vida.
Regresé al Distrito Federal después de 4 años de vivir independiente, y volví a casa de mis papás, de nuevo al mismo trabajo. El sentimiento de tristeza y conflicto existencial seguían ahí, sin que yo me diera cuenta realmente de su presencia. Traté de renunciar para trabajar en otra empresa, pensando que renovando mi entorno le podía encontrar el sentido a mi vida y sentirme igual de feliz como cuando me fui a Monterrey por primera vez. Pero cuando le comuniqué a mi jefe mi decisión de renunciar, éste me hizo saber lo valioso que yo era para la compañía, me dijo muchas cualidades que me endulzaron el oído, como que era una persona confiable y una persona creativa. Dentro de mi no podía creer estas palabras, decía “¿quién? ¿Yo? No es cierto” Esto naturalmente me hizo sentir bien y me dio un sentido de confort a mi ego, dándole un cierto sentido a lo que estaba haciendo, así que me quedé en la compañía porque me sentí apreciado. De nuevo, el sentimiento de desazón apareció a las pocas semanas, pero ahora como desesperación.
Algunos meses después, en vísperas de navidad, recibí una llamada de una ex novia de hace muchos años. Nos saludamos con gusto y después de un rato de intercambiar el estatus de nuestras vidas, me leyó un correo que le escribí en una noche en que me quedé tarde a trabajar. Me lo leyó al teléfono y no podía creer lo que estaba escuchando. ¡Yo tenía talento! Tenía realmente talento para ser escritor y estaba feliz de saberlo. Esa noche tuve el primer cambio de modo de pensar, en que tal vez el motivo de todo mi sufrimiento era porque había errado mi profesión.
La mañana siguiente en mi trabajo tuve mi primer momento de iluminación. Me di cuenta de que toda mi vida había tratado de alcanzar algo allá afuera que realmente no quería. Todo este tiempo me sentía mal porque no alcanzaba a ser alguien más allá de lo que era en ese momento, pero solo porque la sociedad me lo había impuesto como ideal de vida. La causa de mi conflicto es que en el fondo, realmente no quería ser ese alguien. Un “alguien” que fuera gerente o director, tener gente a mi cargo, tener un puesto de importancia y responsabilidad, estar casado con una mujer estupenda, dos hijos, en una casa propia, con auto y perro en la puerta. Durante toda mi vida, el ideal de este “alguien” había sido impuesto por los demás, por el “deber ser” de este mundo moderno de hoy. Las reglas implícitas de una sociedad que empuja a alcanzar un refrito del “sueño americano” con frijoles a la mexicana. Como dice en la película de Jerry Macguire, alcanzar el “KWAN”, definido por el amor, el respeto y el dinero. El paquete entero, entendiendo por amor el tener a alguien a lado, respeto de la gente alrededor y, naturalmente, mucho dinero. Un ideal que significa estatus, significa ser aceptado por los demás como alguien “exitoso”. Esta persona exitosa, esta persona de éxito era lo que siempre quise alcanzar, un título de Gerente o Director, una buena paga, títulos y diplomas pegados en mi oficina y en mi casa, etc. El reconocimiento que faltaba en mi vida podría ser provisto por una empresa, por los amigos que me verían como alguien que “la hizo” en la vida, por mi familia por ser alguien “estable y de provecho”, por mis compañeros de trabajo, etc. Todos ellos me reconocerían si tuviera un trabajo así… excepto yo. Nunca me había cuestionado si esto era realmente lo que quería para mí. Nunca había cuestionado la falsedad o la verdad de esta definición implícita e inconsciente con la que nos alimentan desde niños. No me había puesto a pensar que este concepto era la causa de mis conflictos internos.
Fue en esa mañana que me di cuenta de que aquello era una mentira para mí, que todo lo que quería lograr en mi vida era una farsa y que realmente no quería todo eso que me había comprado de los demás. Nunca quise realmente ser el “gerente”, e inconscientemente había estado huyendo de las responsabilidades que esos puestos traían consigo. No había nada ni nadie a quien culpar, ni al mundo, ni a la empresa, ni siquiera a mí mismo. Sin embargo yo era el único responsable de mis creencias, y por lo tanto, de mi sufrimiento. Esa mañana descubrí ese tipo de libertad que no imaginé. Soltar las creencias me quitó un peso enorme de encima. Ese reconocimiento que faltaba en mi vida nunca puede ser provisto por algo externo, ni medallas, ni trofeos, ni reconocimientos, títulos, palabras de la gente, tampoco por una pareja, los hijos o los padres. Todo esto es apreciable, pero no pueden llenar el vacío interno que solo se puede llenar en el interior por uno mismo.
Ese día me di cuenta, que todo lo que quería de mí, es ser yo mismo.


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